LA NEGRITUD EN LA CULTURA ECUATORIANA – Adalberto Ortiz

Ensayo:

La negritud en la cultura ecuatoriana*

Adalberto Ortiz

 

Cuando se emprende en el estudio etnográfico de muchos países de América Latina y, particularmente, del Ecuador, solamente se enfocan dos factores raciales: el de la raza india autóctona y el de la conquistadora blanca, soslayándose con frecuencia el aporte antropológico negro, que completa nuestro mestizaje. Todos conocemos las excelencias y los vicios y defectos de las culturas blancas que sojuzgaron los pueblos indígenas, hundiendo o deformando sus civilizaciones. Felizmente, en las últimas décadas ha habido un auge y una científica sistematización de los estudios arqueológicos y antropológicos que están conduciendo a sorprendentes revelaciones del pasado cultural americano, entre otras, la presencia de negros prehispánicos, posiblemente de origen melanésico, austrotralotasmanios y papúes.

Muy poco se ha estudiado el aporte cultural de los pueblos negros, poscoloniales, que aunque fueron traídos forzosamente a este Continente, en crueles e inhumanas circunstancias, lograron trasplantar buena parte de sus culturas e imponer muchos aspectos artísticos y religiosos en determinadas zonas.

Antecedentes filosóficos de la negritud

El mayor aporte de la Negritud reside posiblemente en la filosofía Bantú, vale decir africana, que comprende cuatro categorías esenciales, a saber: Mantu (en idioma ndebele) = o sea persona, hombre vivo o muerto, poseedor de entendimiento. El Mantu es el señor de las cosas. Kintu = las cosas, los animales, las plantas. Hantu = el tiempo y el lugar (el oriente y el ayer) y Kuntu = o sea el cómo, la forma, la modalidad. De aquí proviene la imagen dada por la belleza o la risa, que son fuerzas emparentadas con el nommo o palabra originadora del arte y la poesía. Estas concepciones dan paso también a relaciones politeístas, tales como el Vudú y la Santería, venidas a América y convertidas luego en religiones sincréticas o solamente pura magia o brujería. Aunque el Ntu es ese algo en el que coinciden el ser y el ente, y por tanto es el punto original de la Creación. Esta filosofía es, en última instancia, la base de toda la cultura africana, puesto que presupone ya una conciencia crítica, que desconocían los civilizados blancos, en la creencia de que en África solo existían mitos y leyendas, sin alcanzar a comprender, también en este caso, que la base de toda historia es el mito, y que la filosofía africana no podía captarse con los conceptos tradicionales europeos.

Como el Mantu –sea este hombre o mujer– posee el nommo (parte del Kuntu), o sea la palabra, es, por ende, el dueño de la creación. El nommo sirve para la conjuración y el encantamiento, para bendecir, maldecir y comprometerse. La palabra es fuerza, pues sin ella no habría creación ni vida. El nommo engendra imagen tras imagen, y las va transformando. Y en eso, esta filosofía coincide con el Génesis de la Biblia: «En el principio era el verbo y el Verbo era Dios».

Quien ordena las cosas con palabras hace forzosamente «magia», y hacer magia con palabras es lo mismo que elaborar poesía. De allí el efecto universal de la poesía negra entre pueblos de otras razas, a las que ha podido comunicar sus sorprendentes secretos, porque esta clase de poesía no es solamente un juego, sino que encierra una trascendente verdad, una gran responsabilidad, un serio contenido mágico y anecdótico dentro de un vehículo neo-expresionista.

Conceptos sobre Negritud

Es obvio que así como se habló siempre de una cristian­dad, de la Hispanidad, de la latinidad, del esclavismo, germa­nismo, judaísmo, etc., nosotros podemos hablar con propie­dad de una Negritud, con todos sus altibajos.

Es sabido que la Negritud o Negrez se presenta como una doctrina cultural y literaria nacida en América, mejor dicho en las Antillas, donde la población negra convivió más estre­chamente con África y con la cultura europea. La palabra fue acuñada primeramente por el gran poeta martiniquense Aimé Cesaire y con un criterio e intención poemática de «re­torno al país natal», es decir al África. Este movimiento ha ido extendiéndose por todos los ámbitos donde habitan pue­blos de esta raza. De un tiempo a esta parte, los literatos ne­gros que escriben en español se han incorporado rápidamen­te a este gran movimiento cultural. De paso, es preciso acla­rar que, para mi entender, la negritud es solamente un medio de expresión y afirmación y no un fin como lo preconizan los extremistas teórico-políticos de esta corriente, porque tal po­sición nos conduciría a un racismo antirracista, a una suerte de nazismo negro. En el fondo, la teoría de la negrez no es más que un producto de la exasperación, pero que tiende a convertirse en una generosidad expresiva basada en tradicio­nes culturales casi olvidadas. La negritud ha estado siempre en África y luego en América, subyacente y oprimida por las culturas blancas y dominadas por fuerzas inconscientes. Pero logró sobrevivir y manifestarse con gran fuerza en el siglo XIX y XX, comenzando por las danzas eróticas, ya anotadas, que luego fueron sofisticadas, introducidas en salones elegan­tes. Toda la Negritud tiene, pues, una sólida base sociológica y más que nada filosófica.

La negritud aparece como una antítesis afectiva y lógica del universal insulto humillante que el hombre blanco había inferido al negro en los últimos cuatro siglos. La negritud, o negrez, rechaza el pasado en la medida en que conlleva la esclavitud y la alienación, naturalmente. La negritud tuvo que oponer al desprecio del blanco una petulancia explicable. A la razón europea, una literatura rebelde y una música hete­rodoxa y piafante; a la ceremonia cursi y protocolaria, la li­bertad, la ingenuidad y la exuberancia. A la admiración cie­ga por la gastada cultura europea, la afirmación incondicional a las olvidadas culturas africanas. La exaltación de la negri­tud va, ante todo, contra la aceptación generalizada de una supuesta inferioridad del negro.

De todos modos, la negritud, que no es un fenómeno pa­sajero, nos ha restablecido la legitimidad de pertenecer a la cultura africana, al igual que somos parte también de la cul­tura hispano europea y la indoamericana. Y así la negritud se convierte en una particular profesión de fe, en una actitud espiritual, en una liberación de las formas decadentes. Su es­pontaneidad creativa constituye una manifestación de gozo, casi sexual, con la naturaleza. Es una buena incitación a vivir en reacción a largos padecimientos y desgracias. Pero viéndola con menos dogmatismo, la negritud, para nosotros los ame­ricanos, no puede ser ya un «Retorno al África», ni una exa­gerada apología de la cultura africana, sino más bien un pro­ceso de misergenación étnica y cultural en este continente, que puede apreciarse poderosamente en estos tiempos, no solamente en las manifestaciones somáticas del mestizaje, si­no también en cierta corriente cultural, literaria, y muy pode­rosamente en la música popular, en las creencias y supersticio­nes de los campesinos.

Antecedentes históricos y sociales de la Negritud en el Ecuador 

Desde las profundidades del África, un eco doloroso, ale­gre o agresivo, al mismo tiempo, resonaba hasta hace pocos años en las selvas esmeraldeñas: los instrumentos musicales primitivos antes descritos, las risas de negros jacarandosos y el tintineo de feroces machetes, que al igual que para el tra­bajo agrícola en ocasiones servía para segar cabezas. Dolor y miseria, servidumbre y abandono en el fondo de todo, pero siempre un latente deseo de liberación y lucha. Aunque bien cabe señalar, de paso, que la esclavitud no se estableció en la provincia de Esmeraldas con los crueles caracteres que en otras latitudes americanas, debido al origen de los primeros negros de la zona, pues, cuenta el cronista de Indias, presbí­tero M. Cabello Balboa, que allá por el año 1553 encalló fren­te a la costa de Atacames un galeón español que traía, con destino al Perú, diecisiete negros y siete negras. La tripulación espa­ñola resolvió bajarlos a tierra, donde, internándose en la sel­va, escaparon y obtuvieron de este modo su libertad. Más tarde, estos cimarrones se fueron adueñando, por distintos medios, pacíficos a veces y violentos otros, de toda la comar­ca, capitaneados por Antón, el primero, y luego por el famo­so Alonso de Illescas (criado en Sevilla), quien llegó a formar una verdadera dinastía, lo que creó serios problemas políticos a la Corona española, pues los territorios que dominaba se extendían desde el Norte de Manabí en Ecuador, hasta Bue­naventura en Colombia. (Accidentes similares ocurrieron en algunas zonas del Caribe en el siglo XVII, al naufragar bar­cos negreros ingleses o franceses.)

La afluencia de los esclavos y cimarrones provenientes de Colombia fue oscureciendo cada vez más la población de aquella región, e influyendo notablemente en el folclore, las costumbres y las formas dialectales. Parece que los negros esmeraldeños, producto de intermitentes migraciones secunda­rias –antes y después de la trata– son, en su mayor parte, de origen Dahomey, Yoruba y Bantú, según se deduce de al­gunos vocablos y utensilios que se emplean en aquella provin­cia de nuestra patria. De allí que su cultura restafricana sea débil y difícil de determinar con precisión, al contrario de lo que sucede en Haití o Cuba, donde masivamente provienen de Dahomey y Yoruba, respectivamente, por lo que establecieron religiones africanas definidas tales como el Vudú y la adul­terada Santería. Durante las montoneras liberales de fines del siglo pasado, los negros esmeraldeños tuvieron una acción preponderante, según el relato del historiador Roberto Andrade. Posteriormente, en la famosa campaña alfarista del coro­nel Carlos Concha, sus tropas, integradas en su mayor parte por gente de color, mantuvieron en jaque cuatro años al ejér­cito gobiernista. Como consecuencia de esta guerra civil, la provincia cayó en una postración económica, ya que los campos fueron devastados y abandonados y la población emigró huyendo del hambre. Prácticamente desaparecieron su gana­dería y su agricultura, antes florecientes. La provincia vino a recuperarse algo, entre los años 1920 y 1930, con ciclos de economía destructiva en la explotación de sus riquezas natu­rales, tales como el ciclo de la tagua o marfil vegetal y el ciclo del caucho que se daba abundantemente en sus selvas. En el transcurso de la segunda guerra mundial, para atender sus ne­cesidades específicas, apareció el ciclo de la explotación de la madera de balsa a gran escala. Parecería que la ubé­rrima naturaleza de la zona le ha sido perjudicial, en cierto modo, para su progreso, puesto que el campesino, al no te­ner que esforzarse mayormente para cosechar los frutos y ma­deras que se dan espontáneamente, no se las ingeniaba –has­ta hace poco– para crear una propia agricultura. Solamente en el caso del ciclo del cultivo y exportación del banano, o del algodón, ha tenido que trabajar con relativo sistema y regularidad, aunque en los últimos años estas labores agríco­las han sufrido también una alarmante decadencia y deterioro.

En Esmeraldas, en el litoral ecuatoriano, el negro ponía una nota folclórica acusa­da y atractiva con su primitiva mú­sica sincopada de marimba, acompañada de bombos, cununos y guasás y raspadores, música y cantos que igual se adaptaban para las alegres fiestas, o solamente con tambores se aco­plaban para los fúnebres velorios en los que se cantaba el Alabao y los Chigualos. La vida de este ecuatoriano transcurría entre la caza, la pesca, el trabajo de peón, en las haciendas bananeras y ganaderas o en la explotación indepen­diente de la madera de los bosques y rara vez en una pe­queña industria. Las mujeres realizaban trabajos domésticos, y los sábados y domingos concurrían a los salones de baile en donde olvidaban las arduas horas de labor, para danzar y beber cerveza o aguardiente, en compañía de sus hombres. Debido a factores viales, económicos, migratorios y socioló­gicos de integración, hoy es una Esmeraldas que va desapareciendo y transformándose en la cara despersonalizada de lo que llamamos progreso.

Antes de proseguir, en este punto anotaremos, nuevamen­te, la presencia de un grupo minoritario negro que vive en el cálido valle de El Chota, provincia de Imbabura, que fueron traídos al Ecuador desde Colombia por los padres jesuitas y algunos terratenientes, para cultivar caña. Estos negros tam­bién –como anoté antes– conservan típicas costumbres y folclore musical característico afroide.

De este ambiente esmeraldeño se nutrió mi espíritu en mi parcial infancia y en mis años juveniles: viendo, oyendo y sintiendo. Vivencias que años más tarde habrían de convertirse en mí, en «esa gran confesión» de la que habla Goethe cuan­do define la literatura que, en nosotros los negros y mulatos del siglo XX, se han manifestado con características tan pro­pias que le han valido capítulo aparte en la literatura univer­sal, y que se identifica con la Negritud.

Antecedentes en la Literatura Hispánica

Aunque en España podemos encontrar durante el Siglo de Oro curiosos balbuceos, poemas superficiales y graciosos, basa­dos en las deformaciones idiomáticas de los «negritos», tanto en la poesía de Góngora como en la de Lope de Vega, y más tarde en México con Sor Juana Inés de la Cruz. Solamente en la segunda mitad del siglo XIX surge un verdadero precursor de esta poesía, en el negro colombiano Candelario Obeso, aun­que algunas de sus composiciones son de un toque puramen­te romántico, tal como correspondía a su época, romanticismo que lo codujo al suicidio. Pero las obras sobresalientes de esta clase de literatura, ora en poesía, ora en cuento y en novela castellanos, abarcando problemas sociales, raciales, con una forma original y propia, solamente ha florecido en nuestro tiempo, es decir, cuando los negros se han epidermizado, llegando a tener conciencia de su valor creativo sin necesidad de tener que imitar. Antes por el contrario, para ser imita­dos y estudiados en sus formas culturales y artísticas, hasta el punto de influir poderosamente en las producciones de las naciones occidentales. Es digno de observar que los poetas y artistas de la «negritud» no solo tienen lo que se llama «inspiración», sino que fundamentalmente tienen algo qué contar y qué decir, porque la poesía negra es ante todo fun­ción, y por lo tanto no es compatible con el surrealismo. Sin embargo, las artes de origen africano son mucho más diver­sas de lo que imaginan las gentes de otras razas y exhiben, pues, una variedad de modalidades que las lleva más allá del realismo o el idealismo pero escapando a las clasificaciones europeas-americanas tradicionales. En definitiva, tal vez nues­tra literatura sea una suerte de expresionismo en el cual las palabras van creando imágenes, y no al contrario, como en la lírica europea. La poesía africana o afroamericana más típica generalmente tiene un tema, motivos, consejas y conte­nidos, pero alentados con ritmos y sonidos que se van metien­do en el cuerpo hasta llevar en ciertos casos a un éxtasis cósmico-visionario.

La Literatura Negrista en el Ecuador

 En lo que a este país se refiere, el movimiento apareció un poco tardíamente. Si bien los poetas negros anónimos de Esmeraldas cantaban décimas populares, donde se entremez­claban personajes de la cristiandad y de la Historia de España, o los campesinos narraban cuentos simbólicos de animales y de hombres valientes y fantasmas fabulosos, historias de con­tenido moral o picaresco, de origen africano en su mayoría. Solamente a fines de los años treinta, el poeta y novelista mulato Nelson Estupiñán Bass y yo empezamos a escribir poesía negrista a la manera antillana, y luego novelas y cuen­tos, pero con nuestros propios elementos y materiales, que le dan su sabor nacional. De los años cuarenta en adelante, hicimos novelas y algunos cuentos de tema negro. Estupiñán ha escrito algunas novelas de temática negrista tales como Cuando los guayacanes florecían, que se desarrolla duran­te la guerra civil de Carlos Concha, El Paraíso, El Negro y el Río, Senderos Brillantes y varios libros de poesía: Timarán y Cuabú, que contiene décimas populares, Huellas Digitales, etc. Años más tarde, surgieron otros jóvenes es­critores, entre los que se destacó en forma notable el poeta Antonio Preciado, con sus bellos libros Tal como somos, Más acá de los muertos, De sol a sol. Obtuvo también el premio na­cional de poesía del diario El Universo, de Guayaquil. Su poe­sía, no siempre típicamente negrista, es de un alto valor lírico. En la actualidad va despuntando con muy buenos augurios el joven poeta Orlando Tenorio, al igual que el declamador y actor negro Washington Caicedo, quien escribe sonoros poe­mas negroides de tono humorístico y de rebeldía. Hay otros escritores ecuatorianos, de distintas generaciones y provincias, que esporádicamente han trabajado en cuentos o poesías con temas negroides, pero no sustantivamente, sino más bien en el campo de lo pintoresco, anecdótico o simplemente por ten­tar la escuela.

Mi Literatura (Negrista)

Siendo yo un mestizo de negros y de blancos, mi perso­nalidad literaria se orienta constantemente en una dicotomía, de tal modo que a veces abordo, tanto en fondo como en for­ma, temas de la negritud, otras, de mestizos, y también hago literatura que bien podría ser firmada por hombres de raza blanca.

Es evidente que la poesía negrista más característica po­see una retórica particular, que se origina en la onomatopeya y en la fonética empleada por los negros montuvios de mi tierra, especialmente. Se sabe y se comprende que el español, el inglés y el francés deformados no lo hablan los negros por ser tales, sino porque no han tenido acceso a las fuentes de instrucción. Observé también que en el español, en idioma africano y en el creol o patuá, es donde la poesía negrista adquiere su mayor sonoridad tamborilera y no en el inglés o en el francés. Para obtener los efectos musicales de tales versos era necesario otro ingrediente: el ritmo sincopado y monótono de su música primitiva, es decir, lo vernáculo y folclórico. Para lograr estos efectos se hacía necesaria la concu­rrencia constante de las letras n y la m antes de las consonan­tes, y el empleo de palabras agudas al final de los versos para imitar los tonos de los instrumentos de percusión. Había que usar, además, palabras extrañas de origen africano, es decir, buscar un nuevo aporte a la semántica nacional. Sin olvidar, desde luego, lo más acusado y característico del arte negro o sea aquello que le da su típico e imperativo dramatismo: la anáfora o repetición, bien sea de notas o frases musicales, de palabras o fonemas, o figuras decorativas. Sin olvidar natu­ralmente el aspecto intuitivo o colectivo de esta clase de arte. En la poesía negrista existe una polirrítmica, una especie de contrapuntos rítmicos que despojan al ritmo verbal de una regularidad que podría resultar monótona. Es como una fór­mula matemática que se basa en la unidad dentro de la pluralidad, con formas y ritmos secundarios, de fonemas o soni­dos que refuerzan la eficacia mágica de todo el conjunto. El poeta de origen africano nunca se aprovecha de su natura­leza interna para exponer su individualidad como tema, sino que pone la naturaleza a su servicio y la manipula imprimiéndole una nueva forma de vida: Kuntu.

La anáfora y sus variantes: la reduplicación, la epanadiplosis y la conduplicación, le transfieren una suerte de mag­netismo adecuado para el encantamiento y los arrebatos mís­ticos extáticos y sensuales. Igualmente esta poesía usa alite­raciones paronomasivas. Pero pronto, al igual que otros poe­tas de la negritud, descubrí que estos adornos formales, estas bembosidades, como las llamara el sociólogo y ensayista hispano-cubano Fernando Ortiz, y la jitanjáfora, no eran más que piel y forma, y que se hacía necesario ir más al fondo de la cosa social y humana, ya que mis poemas eran más danza que canción, allá en sus mocedades, y en la creencia de que la negritud no es solamente un problema de estilo, sino también de contenido.

El primer poema que escribí fue «Jolgorio» y por allí continué hasta terminar un libro de motivos negros que, ante la imposibilidad de editarlo en el Ecuador –pues en aquella época no existía la Casa de la Cultura Ecuatoriana–, hubo de esperar hasta 1945 para publicarlo en México, D.F., bajo el título de Tierra, son y tambor.

Casi simultáneamente con la creación de estos poemas empecé a escribir en Guayaquil y en Milagro mi novela Juyungo (historia de un negro, una isla y otros negros) para intervenir en un concurso nacional. Las similares de este tipo de novela de tema negro están ya con Víctor Hugo, en su no­vela Bug-Jargal, que se desarrolla en la época de las insu­rrecciones de los esclavos de Haití. En las novelas del afri­cano Tomás Mofolo, o en la de otro precursor de la negritud René Maran, un funcionario francés de la Martinica, del Servicio Colonial en África que ganó el premio Goncourt con su novela Batuala. En Estados Unidos, encontramos a varios escritores negros, como Langston Hughes, Richard Wright y últimamente James Baldwin, autores de rango universal, par­ticularmente el penúltimo con su novela: El Hijo Nativo, que guarda muy pocos o ningún elemento restafricano. En Amé­rica Latina aparecen novelas de tema y tradición africanista como Rey Negro del brasileño Coelho Neto; Jubiabá y Mar Morto, novelas de Jorge Amado, Pobre Negro del venezolano Rómulo Gallegos, Rizaralda del colombiano Bernardo Arias Trujillo, y Ecué Yamba O, en Cuba, del franco-cubano Alejo Carpentier.

Juyungo trata de la vida de un negro campesino, desde su pubertad y juventud hasta que absurdamente muere en una guerra. Es el drama de un hombre primitivo y selvático que intenta penetrar y comprender elementalmente el mundo en que le ha tocado actuar. Es un problema conflictivo entre negros, indios y blancos; es un caso de descubrimiento e iden­tificación, que va del odio racial a la conciencia de clase, del problema social a la lucha contra la injusticia. Siendo un tra­bajo en prosa, de tema negro, social, racial y cultural, salpica­do de elementos folclóricos y costumbristas, pensé que lo más conveniente sería buscar un estilo adecuado a su fondo, es decir llevar a la prosa el ritmo y la musicalidad de la poesía negrista, con la retórica similar a la que dejé anotada ante­riormente en los epígrafores ojos y oídos de la selva. En mi novela Juyungo he tratado, en los aspectos formales, de in­troducir un lenguaje que proporcione a la prosa de este relato las calidades, ritmos, sonoridades de la música afroide. Des­graciadamente, esta forma se puede perder cuando el libro es traducido a otros idiomas.

En diversas ocasiones he incursionado también en el campo de las historias cortas alusivas a la temática negra, como en el caso del cuento La entundada, La mala espalda o Los contrabandistas, Los hijos blancos, Los amores de Fernand Muret, etc.

Como esta conferencia no intenta otra cosa que interpre­tar, a posteriori, el fenómeno de la literatura negrista en el Ecuador, y particularmente la mía, en relación con la Negritud, cuya influencia estética y filosófica ha sido recibida por ca­nales inconscientes, en parte, no entro pues a analizarme en mis otras obras literarias que son más clasificadas como ma­nifestaciones de una literatura que podríamos decir blanca y occidental.

Bibliografía consultada:
Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon.
Las Américas negras, de Roger Bastide.
África ambigua, de Georges Balandier.
Muntu, de Janheinz Jahn.
El reto de África, de Ndaoaningi Sithole.

* Estudio tomado de la Revista de la Universidad Católica del Ecuador, n. 7, marzo de 1975, pp. 97-118. Publicamos la parte correspondiente a la cultura afroecuatoriana.